En efecto, la familia no es sólo la suma de las personas que la integran, sino también la atmósfera de relación que se establece entre ellas. Dicha atmósfera convertirá la casa en un hogar… o en un infierno. De ahí la importancia de revisar y cultivar la relación familiar.
El Papa Juan Pablo II nos había dicho que una parte importante de la misión de la familia es la formación de una comunidad de personas, cuya relación se fundamente en el amor.
El Papa Benedicto XVI, al entregarnos su tercera Encíclica, “La caridad en la verdad”, nos dice en el capítulo quinto: “El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia… Es preciso un nuevo impulso del pensamiento para comprender mejor lo que implica ser una familia… Dicho pensamiento obliga a una profundización crítica y valorativa de la categoría de relación… El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios. Por tanto, la importancia de dichas relaciones es fundamental. Esto vale también para los pueblos… De la misma manera que la comunidad familiar no anula en su seno a las personas que la componen… así también la unidad de la familia humana no anula de por sí a las personas, los pueblos o las culturas, sino que los hace más transparentes los unos con los otros, más unidos en su legítima diversidad” (CV 53)
En la medida que la familia cultive la relación entre sus miembros, dotados cada uno de la misma dignidad, independientemente de su sexo, funciones o capacidades al interno de la familia, en esa medida promoverá personas que vivan la caridad en la verdad, así como la verdad en la caridad: sin ignorar o anular a la otra persona, sin someterla a los propios criterios y decisiones, sin someterse indebidamente a los criterios de los demás por diversos motivos; sino en la aceptación personal y de los demás, en la comunicación respetuosa y transparente, en la adhesión y comunión de las personas; también en esa medida formará personas constructivas y creativas, sujetos y promotores de desarrollo integral en la sociedad.
Benedicto XVI reconoce con dolor que “la sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos” (CV 19). “La globalización es un fenómeno multidimensional y polivalente, que exige ser comprendido en la diversidad y en la unidad de todas sus dimensiones, incluida la teológica. Esto consentirá vivir y orientar la globalización de la humanidad en términos de relacionalidad, comunión y participación” (CV 42).
La revelación cristiana presenta una relacionalidad abierta hacia Dios, hacia los demás y hacia la naturaleza. “La disponibilidad para con Dios provoca disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa… El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano… El amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos” (CV 78). Más todavía, “el desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, del que procede el auténtico desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don.” (CV 79).
+ Rodrigo Aguilar Martínez*
Obispo de Tehuacán