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SAN MARTIN DE PORRES,
PROMOTOR DE JUSTICIA Y PAZ
“El apóstol de la caridad”
Mateo 15, 21-28
NOVIEMBRE 2009
1. Es muy edificante hacer memoria de nuestro Martín de Porres con motivo de su fiesta, el 3 de noviembre, especialmente en estos días de fe y devoción en torno a la santidad del Padre Coll. Tenemos que recordar que San Martín es el patrono de la Provincia de las Hermanas dominicas de la Anunciata en Centroamérica y que junto a Rosa de Lima y Juan Macías dejaron la huella del Reino de Dios en su paso por la Lima colonial del Perù.
2. En este 2009, cuando la parte no racista del mundo celebramos 200 años de abolición de la esclavitud, nosotros le pedimos a Martín, mulato entre los mulatos, que nunca jamás se repitan infamias, sometimientos, ni vejámenes contra la dignidad humana ni cualquier tipo de violación a los derechos humanos de las personas y de los pueblos.
3. El Padre Vicente Comíns, dominico, recoge el siguiente testimonio sobre nuestro Santo al que con mucha razón la tradición cristiana ha hecho llamar “Apóstol de la Caridad” y que nosotros bien podríamos traducir por “Martín de Porres, promotor de Justicia y Paz”. Relata el Padre Comíns: “Martín permanecía en la caridad, en la que fue tan continuo y heroico que alcanzaba sus llamaradas no sólo a ser abrigo y descanso de enfermos religiosos, seglares pobres de todas calidades y naciones... Y a los religiosos enfermos los servía de rodillas y estaba de esta suerte asistiéndolos de noche a sus cabeceras los ocho y los quince días, conforme a las necesidades en que los veía estar, levantándolos, acostándolos y limpiándolos, aunque fueran las más asquerosas enfermedades, todo con encendido corazón de ángel, a vista de este testigo y de los demás sus hermanos”... “y en acabando, se iba a la ranchería, donde estaban los negros, a quienes llamaba “tíos”. Y en viendo al dicho Siervo de Dios, cada uno salía con su achaque, unos de llagas, otros descalabrados y otros con dolores que padecían, y a todos los curaba con una cajita de ungüentos y trapos que llevaba, dejándolos consolados a todos, y les reprendía sus vicios y a algunos les decía lo que habían hurtado aquel día, y les reñía mucho. Y luego se iba a los aposentos de las negras enfermas viejas y las curaba y consolaba, doliéndose de sus trabajos, todo lo cual era su recreación, su gusto, su deleite, y ejercitarse en obras de misericordia y caridad”.
4. Estos rasgos sobre la vida de nuestro Santo:
· “abrigo y descanso de enfermos, servidor de rodillas, de encendido corazón de ángel, consuelo de todos, reprendedor de vicios, dolido del trabajo de los demás, maestro de obras de misericordia”, florecen, y es necesario decirlo, en el cuerpo de un hombre de origen “mulato”, por aquella época alguien que no era negro, blanco o indígena, alguien sin identidad social; un mulato, alguien sin pertenencia a un grupo racial autóctono.
5. Incluso, como cuenta la tradición sobre el día en que Martín va al Convento Nuestra Señora del Rosario de los Dominicos, sabe “que sólo puede ingresar como “donado”. La ley no permite otra cosa: es negro y, además, es hijo natural. Dos impedimentos difícilmente dispensables. La figura de “donado” en la Orden era la de un servidor, sin votos, y sin retribución alguna por los servicios prestados. No es religioso, en realidad...;ni siquiera lleva el hábito de los religiosos cooperadores. El hábito que lleva consta de túnica blanca y de escapulario negro”.
6. Estos rasgos de la vida de nuestro Martín, expresión de la obra maravillosa que Dios realiza en las personas que disfrutan de su gracia, crece en un ser humano anónimo, un excluido, alguien que no tenía de qué dar cuenta o de qué jactarse. Martín pertenecía al tipo de gente en la que apenas germinaba la semilla de una nueva cultura. Él, y otros como él, mulato, era “un don nadie”, como a veces decimos de las personas que no destacan y a quienes el silencio, la marginación o las calamidades de la vida les reducen al sepulcro de la soledad y el olvido. En el lenguaje popular utilizamos un refrán que lo explica: “El que nació para maceta del corredor no pasa”. Lo extraordinario del testimonio de nuestro Martín es que no se quedó para maceta; tampoco en el corredor.
7. Y es porque cuando una persona decide amar a Dios por sobre todas las cosas y la persona muestra signos de ese amor devolviendo alegría en la tristeza, compañía en el anonimato, consuelo en la desesperación, amistad en el abandono..., Dios empieza a florecer, toma posesión del cuerpo y el espíritu de esa persona y se hace uno sólo con él o con ella. Así sucedió con María de Nazaret en el día de la Anunciación, cuando su amorosa respuesta cambió para siempre la suerte de la humanidad: “Yo soy la esclava del Señor. Hágase en mí según su voluntad” (Lucas 1,38).
8. Así sucedió también en Jesús al mostrarnos el corazón del Padre: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9).
9. También es muy grato traer hasta nosotros la memoria de la madre de nuestro santo, Ana Velásquez, una jovencita negra nacida en Panamá hacia 1560, que a los 20 años, dicen los historiadores, se convirtió en la madre de nuestro Santo. Esta es una ocasión también para honrar a las mujeres limonenses en la persona de Ana Velásquez. Valga la ocasión para felicitarlas en estos días cuando muchas de ellas trabajan incansablemente para hacer germinar semillas de vida, en la familia, en la comunidad y en los vecindarios de la Provincia de Limón, tan excluida de los gobiernos de turno.
10. Varias veces he mencionado la palabra “nuestro”. “Nuestro” hace relación a algo que nos pertenece, alguien con quien o de quien formamos parte, algo o alguien que tiene que ver muy directamente con uno de nosotros o con todos, algo que lo llevamos dentro, que es parte de mi vida y de nuestra vida, algo o alguien que está en mí y que está en los demás, de lo que nos apropiamos y que forma parte de nuestra vida.
11. Les he mencionado a “nuestro Martín”. Le llamé “nuestro Santo, nuestro hermano”, hablé de “nuestras familias” como lo hacen ustedes cuando hablan de “nuestros hijos”, de “nuestro hogar”, de “nuestra alimentación”, de “mi trabajo o de nuestro trabajo”. Utilizamos “nuestro” para hablar de “nuestro Padre o Padre nuestro”, “nuestro pan de cada día”, “nuestras ofensas”, “nuestra fe”, “nuestra comunidad”, “nuestra Parroquia”, “nuestros hermanos y hermanas”.
12. Los que creemos en el respeto a la vida humana y los que creemos en el derecho que tienen las personas y los pueblos a vivir con dignidad, esto es, el derecho a gozar de salarios justos, disfrutar de garantías sociales, tener casa, buena alimentación, salud, vestido, recreación, calidad de vida… hablamos de “nuestro” cuando lo que obtenemos y poseemos nos permite ser libremente felices. Alguien es libremente feliz cuando sirve, cuando comparte, cuando reparte y cuando disfruta con los demás de lo mucho o poco que posee.
13. No me refiero solamente a bienes materiales, que ojala los tuviéramos en abundancia para disfrutar compartiéndolos. Me refiero también a los bienes espirituales, a los dones más excelentes, los que el apóstol San Pablo nos invita a disfrutar en su carta a los corintios: “Ahora tenemos la fe, la esperanza y el amor, los tres, pero el mayor de los tres es el amor. Procuren el amor y aspiren a los dones espirituales más excelentes” (1 Cor. 13).
14. Otros hablan de mío o de nuestro, pero en otro sentido, no en el sentido en que Jesús lo propuso y en el sentido en que los cristianos intentamos entenderlo y ponerlo en práctica. Esos otros son los que poseen egoístamente, son los que esclavizan a las personas con sus incomprensiones e intolerancias, son los que abusan del poder a fuerza de meter miedo, son los indiferentes al mal ajeno, son los que abusan de la mujer y del niño, son los que quitan y acumulan, marginan y excluyen. Esos otros, cuando hablan de “nuestro” es porque poseen las cosas y las personas negándoles la vida, muy contrario también al ejemplo de Jesús cuando exclama” “Yo he venido a traer la vida y traerla en abundancia” (Juan 10,10).
15. En la época de nuestro Martín se hablaba de “nuestros esclavos”, de “nuestros negros”. Tan acostumbrados estaban a la posesión humillante que hasta nuestro santo, miembro de una familia mulata y vecino de una comunidad negra se hacía llamar asimismo, en sus horas de penitencia: “Perro Mulato”.
16. Hoy, a casi 4 siglos de esas crueles realidades, también las grandes empresas hablan de “nuestros trabajadores”, como si la habilidad humana de producir tuviera precio, igual que se compra un vestido, o como si la vida humana tuviera dueño, igual que se compra un terreno. Para no ir muy lejos, recuerden la triste noticia de un barco transportando niños y niñas esclavos, vendidos por sus familias hasta por 14 dólares, o el negocio de la venta de órganos de niños y de jóvenes, causa de su desaparición de nuestras familias y de nuestras comunidades o la trata de blancas, llevadas al país del norte para enriquecer las cuentas bancarias de los traficantes del sexo.
17. Cuando hablo de “nuestro Martín” hablo de un hombre de carne y hueso, con vida y espíritu, hablo de un hijo de familia, hablo de un hermano de comunidad, hablo de un bautizado como cualquiera, hablo de una persona que se volvió de nuestra pertenencia, que es nuestro, muy nuestro, porque fue libremente feliz, porque dio vida en abundancia y esto marca la diferencia entre “lo nuestro que da vida” y “lo mío que niega la vida”. Fue libremente feliz porque el amor que el hijo de la panameña le tenía a “nuestro Padre Dios” le iba creciendo como cuando un árbol echa sus raíces tierra adentro.
Colaboración: Fr. Guillermo Chaves Pochet OP
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